Cinco claves para aprender a gestionarla.

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La incertidumbre es una constante en nuestras vidas, en nuestra historia. Si vivimos en un mundo impermanente como el nuestro, en continuo cambio, entonces la incertidumbre es necesariamente compañera de viaje.

Sin duda, es incómoda, pues nos empuja y empuja hasta que logra situarnos fuera de nuestra zona de confort. A pesar de que intentamos relegarla a un papel secundario, hoy insiste en ser protagonista; de la misma forma que lo ha hecho en períodos de guerras, atentados, crisis financieras, cambios políticos, migraciones, incendios, tsunamis, racismo, genocidios…

La palabra incertidumbre la escribimos en mayúsculas o minúsculas, dependiendo de lo cercana que la sintamos. En letra pequeña narramos la inseguridad que pueda sentir una persona que viaja en patera (ella seguro lo haría en letra tamaño 36 y negrita). Pero utilizamos letras capitales cuando percibimos que pone en jaque la nuestra, así como nuestra comodidad o, incluso, nuestra rutina.

Aprender a aceptar y convivir con la incertidumbre nos sitúa en un nuevo nivel, en un estado donde somos capaces de abrirnos a nuevas probabilidades. Aceptar la incertidumbre no es resignación, sino entender que negarla o combatirla tiene un tremendo desgaste, a la vez que un corto recorrido. En cambio, integrarla como un aspecto más de nuestra vida nos abre a un mundo de posibilidades.

Comprendido el sentido profundo de la incertidumbre, es habitual que nos surja la duda de cómo gestionarla, cómo transformarla de amenaza a alidada.

Cada cual tiene su receta para manejarse por estos lares. Esta es la mía particular que comparto contigo por si puede serte de utilidad.

Cinco aspectos clave para gestionar la incertidumbre

Incertidumbre es un término inmenso, inabordable en su totalidad. Para facilitar su gestión, propongo el abordaje atendiendo a cinco aspectos fundamentales que detallo a continuación.

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1) Identificar las emociones.

Me parece interesante empezar discerniendo el impacto que tiene en uno o una misma. Para ello, es preciso poder dar respuesta a preguntas del tipo: ¿Qué emociones me provoca la incertidumbre? ¿Rabia, miedo, ira? De entre ellas sugiero que se escoja aquella que se manifiesta con más intensidad. A continuación es necesario intentar localizarla en alguna zona del cuerpo. Quizás la ubicamos en el cuello, en el estómago o en la cabeza.

Si se siente en el cuello, por ejemplo, es pertinente preguntarse: ¿Qué es aquello que no soy capaz de verbalizar? Es importante hallar la respuesta, pues las emociones que logramos expresar tienden a diluirse.

Si, por el contrario, la emoción la situamos en el estómago, preguntas como ¿Qué necesitaría para digerir esta emoción? pueden darnos pistas para detectar habilidades que precisamos desarrollar.

2) Cambiar el foco de atención.

Por supervivencia evolutiva, nuestro cerebro está programado para centrarnos en lo negativo. Este hecho tiene una vertiente muy positiva, pues nos ayuda a mantenernos alerta frente al peligro. Pero tiene la contrapartida de que puede llegar a bloquear nuestra capacidad de vislumbrar alternativas.

Es significativo el hecho de que guardamos en nuestra memoria a largo plazo las experiencias negativas de forma inmediata, mientras que necesitamos recrearnos en las positivas entre cinco y veinte segundos para que las podamos grabar en nuestra mente.

Por tanto y tendencialmente, nuestro foco de atención en un entorno incierto se va a centrar en lo negativo de forma recurrente.

Si queremos descodificar los aspectos positivos, las oportunidades y posibilidades nuevas que ofrece un contexto cambiante e incierto, vamos a tener que entrenar nuestra mente en este cambio de mirada, porque si la dejamos vagar a sus anchas, de forma automática se focalizará en la negatividad.

Pongamos, por ejemplo, que nos hemos quedado sin trabajo. Automáticamente, nuestra atención se centra en lo que hemos perdido, en la escasez que esta situación conllevará, en lo injusto que pueda parecernos, etc.

El ejercicio aquí sería que, sin dejar de lado el impacto del desempleo, nuestra atención se focalizara también en las posibilidades que ofrece esta nueva situación, como el hecho de tener más tiempo libre, la riqueza de prepararme para afrontar un nuevo reto, o bien poder abandonar viejas rutinas que gobiernan nuestras vidas.

3) Crear una hoja de ruta.

Aminorar la sensación de angustia frente a la incertidumbre tiene mucho que ver con demostrarnos a nosotros mismos que seremos capaces de gestionar las distintas circunstancias que se nos presenten.

Dicho de otro modo, fijar la atención en el proceso, en lo que depende de nosotros, más allá de centrar toda nuestra energía en un resultado que difícilmente podemos prever.

Pensar en los distintos escenarios en los que puede derivar nuestra situación actual y establecer pautas de gestión para cada uno de ellos disminuye drásticamente el nivel de ansiedad.

Una analogía podría ser la forma en que preparamos el viaje a un destino desconocido. Si tenemos previsto realizarlo en coche, empezamos por revisar rutas, programar el GPS, comprar mapas. Meter en la maleta prendas para protegernos del frío, de la lluvia, del calor. Preparar un botiquín de primeros auxilios, etc.

El mero hecho de conjeturar eventualidades y darles solución atenúa enormemente esa sensación de desasosiego frente a lo desconocido.

Adicionalmente, es importante recordarnos que, si hoy somos capaces de dar respuesta a retos que todavía no han tenido lugar, también tendré la capacidad de encontrar la forma de gestionar los retos que efectivamente sucedan.

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4) Centrarse en el presente.

En momentos de incertidumbre es muy fácil dejarse llevar por la añoranza de los momentos buenos que ya se vivieron, anclarse en el pasado para escapar de alguna forma del ahora.

Lo mismo ocurre si evadimos el presente y nos anticipamos a vivir en un futuro que todavía no existe, ya sea sintiendo el bienestar de controlar lo que viene o la angustia y el bloqueo de la incertidumbre.

Para centrarse en el presente es preciso aceptar y apreciar lo que nos rodea, sentir en este preciso momento.

Esta práctica puede ayudar a dejar de lado la multitarea y concentrarse en lo que se está haciendo en cada momento. También preguntarnos con asiduidad ¿cómo estoy?, ¿qué siento en este preciso momento?, ¿de dónde surge este impulso que me domina ahora?

Planificar y fijarse retos no está en absoluto reñido con estar centrado en el presente. El matiz radica en que deben hacerse desde el presente, sintiendo y estando en este momento desde donde dibujamos o diseñamos una posibilidad.

5) Incluir más miradas.

Cada uno o una de nosotras es capaz de ver, percibir, una pequeña porción de lo que llamamos realidad o, más bien, lo que nombramos como realidad. «El mapa no es el territorio», dice la programación neurolingüística, en referencia a que cada cual conceptualiza esa realidad según su propio bagaje.

De esta forma, es muy difícil imaginar realidades alternativas que ni tan siquiera sabemos que existen. Pero, en cambio, ¡sí que existen!

La forma que tenemos de ensanchar nuestra mirada, de darle más perímetro, es a través de, precisamente, la mirada de otras personas. Rodearse de individuos diferentes, con experiencias vitales que difieran sustancialmente de las nuestras, que trabajen en sectores que conocemos superficialmente, con raíces en otros continentes, con credos o aficiones alejadas de las nuestras, nos aporta herramientas valiosísimas.

Por un lado, resulta muy útil para ampliar nuestro horizonte, dando cabida a realidades que, hasta el momento, ignorábamos completamente. Este mero hecho nos puede ayudar a matizar nuestra sensación frente a la incertidumbre, pues nos da la oportunidad de constatar que lo que era incierto para nosotros puede ser una certeza absoluta para otras personas.

Por otro lado, interactuar con la diversidad nos puede aportar una forma de aproximarnos a las situaciones retadoras desde un ángulo distinto. Como ejemplo -aunque algo burdo, muy ilustrativo-, recuerdo mi primer día en la selva en uno de mis viajes. Me senté a comer alrededor del fuego como hacían todos los miembros de la tribu. Estaban cocinando yuca machacada en una olla de barro. Me pregunté «¿cómo me la voy a comer si no hay platos?» Duda despejada cuando me la sirvieron en una enorme hoja arrancada de un arbusto cercano.

Aprender a desenvolverse en la incertidumbre constituye, sin duda, una ventaja competitiva. Porque la incertidumbre es algo que subyace de forma perpetua, independientemente de la intensidad con que se manifieste.

Ya a principios del siglo pasado, Werner Heisenberg, uno de los padres de la mecánica cuántica galardonado con el Premio Nobel de Física, aseveró que la incertidumbre «es algo intrínseco a todo elemento».

Siendo así, no queda más que integrarla en nuestro día a día como una circunstancia que nos brinda la posibilidad de nuevas experiencias, como el camino ineludible hacia metas a priori inimaginables.

Una vez integrada, la incertidumbre deja de ser una amenaza para tornarse en el mejor motor de cambio y evolución.