Foto por Riccardo Annandale para Unsplash

No conozco a ninguna persona que le moleste que le llamen creativa. Más bien, todo lo contrario. De hecho, esta palabra puede llegar a suscitar un punto de esnobismo, porque ser creativo o creativa te distingue de las otras personas; de alguna manera, te hace especial.

Siendo un anhelo colectivo, muchas personas ven fuera de su alcance la creatividad. Saben que es una cualidad preciada, que ayuda a mejorar el posicionamiento profesional y que suele contribuir al desarrollo exitoso de los proyectos. Pero también que es terreno resbaladizo y, muchas veces, inaccesible.

Creo que este paradigma de escasez que rodea a la creatividad tiene su origen en un punto de partida equivocado: buscamos la inspiración afuera, cuando la fuente de la creatividad se encuentra en nuestro interior.

De forma automática, nuestro proceso creativo suele centrarse en almacenar información del pasado, del cual extraemos aprendizajes que nos sirven como base de partida para proyectar escenarios y propuestas de futuro. De este modo, generamos modelos mentales encorsetados que actúan construyendo sobre lo ya conocido, en una especie de bucle, dejando poco margen para incorporar conceptos originales.

Leyendo en profundidad la Teoría U de Otto Scharmer, se vislumbran tres aspectos fundamentales que nos pueden ayudar a conectar con esa creatividad innata.

Veamos:

1) Cambiar nuestra mirada. Necesitamos aprender a observar con una mente abierta. Para ello, es preciso que prestemos atención y suspendamos el automatismo del juicio. Requerimos también hacerlo con el corazón abierto, es decir, empatizando con la realidad que observamos, como si la estuviéramos viendo desde el ángulo de otras personas.

Cuando cambiamos nuestra formar de observar, caemos en cuenta de detalles y posibilidades que anteriormente nos pasaban desapercibidas.
Un experimento ilustrativo muy sencillo consiste en taparse los oídos cuando se está en pleno bullicio y observar cómo se comportan las personas. De golpe, notamos aspectos de los que no nos percatamos con nuestra mirada habitual.

Foto por Chalis007 para Unsplash.

2) Una vez recogida la información es requisito indispensable retirarse y reflexionar con una voluntad abierta para soltar lo viejo y conocido, a la vez que nos predisponemos a aceptar lo nuevo, lo que está por venir.

Conviene calmar la mente, dejarla con la menor actividad posible para que pueda empezar a procesar la información recibida. Cuanto más tranquila esté, más posibilidades de que no utilice patrones automáticos, esos que le sirven para ahorrar tiempo y energía.

De alguna forma, lo que nos interesa es que nuestra mente consciente esté lo suficientemente relajada como para que la información recogida tras la observación descienda al inconsciente sin haber sido mutilada ni excesivamente interpretada.

A título de ejemplo, un proceso similar al descrito lo experimentamos cuando nos vamos a dormir pensando en un problema que tenemos que resolver. Frecuentemente, nos levantamos el día siguiente con la respuesta revelada.

3) Entrar en acción. Y ahora toca saltar la última barrera para que el acto creativo culmine. Se trata de coger un pedazo de la información que se nos ha revelado y empezar a darle forma yendo más allá de sintetizarla con las palabras. Es preciso entrar en acción, coger nuestra idea y trabajarla físicamente. Es algo así como si estuviéramos amasándola para que cobre vida delante de nuestros ojos.

Foto por Amelie Mourichon para Unsplash.

A esta forma de aflorar una idea se le llama prototipar. Consiste en utilizar distintos materiales para expresar nuestra idea en tres dimensiones. Da lo mismo si se trata de un producto, un servicio o un concepto. El proceso es el mismo: hacer crecer la propuesta desde el papel, convirtiéndola en una representación en tres dimensiones.

Este paso es fundamental, pues otorga a la idea un halo de realidad.

Adicionalmente a estos tres aspectos clave del proceso creativo, cabe mencionar otro aspecto fundamental de la creatividad: no se trata de un acto único sino, más bien, de una forma de presencia. Así, no es tanto algo que acontece de forma aislada, sino de algo que ocurre con asiduidad, si nos lo permitimos.

De este modo, cuando nos entrenamos en el cambio de mirada, simplemente dejamos de descargar información y almacenarla sin más para colocarnos en un estado creativo permanente. Empezamos a ver y a percibir de forma distinta, abriéndonos a posibilidades que antes ni siquiera alcanzábamos a imaginar.

Foto por Phad Pichetbovornkul para Unsplash

También es relevante tener presente que la creatividad no es un fenómeno individual, sino que necesita de la complicidad de otras personas para desarrollarse plenamente. Incorporar visiones distantes a la nuestra contribuye enormemente a enriquecer el proceso. Es especialmente importante en el momento de prototipar. Poder co-realizar el prototipaje, integrando las observaciones de otras personas, hace que el resultado sea extraordinariamente rico.

Por último, no podemos finalizar sin mencionar el ingrediente fundamental de la creatividad: la intención o el propósito de nuestra mirada.

Para que la creatividad sea algo significativo, es preciso focalizar nuestra observación en solventar un problema o en cubrir una necesidad que, de alguna forma, contribuya a generar un beneficio para las personas, más allá de lo económico o material.

Aterrizando este concepto al ámbito del teletrabajo -tan en boga, últimamente-, la mirada creativa no debería circunscribirse solo a la «necesidad de mejorar la experiencia del teletrabajo», sino ir más allá y poner el foco en, por ejemplo, reducir el nivel de estrés que sufren las personas que combinan el trabajo a distancia con hijos menores a su cargo.

Cuando logramos virar hacia una mirada distinta y sincera, mirar con los ojos del alma, la creatividad deja de ser una búsqueda superficial, transformándose en una actividad capaz de aportar soluciones profundas que realmente dan valor y transforman. Y eso es potestad de todos los seres humanos.