“Hoy más que nunca, necesitamos que aflore nuestra esencia femenina. Esa que sabe conectar, cuidar, mimar… esa parte generosa, compasiva, agradecida… ésa que tiene la capacidad innata de ver y reconocer a las otras personas, la que nos permite vernos y reconocernos en los demás”.

Qué tiempo tan extraño nos ha tocado vivir… una nueva realidad, un terreno sin experimentar.

Hace nada, una queja habitual era la falta de tiempo. Solíamos decir que los días nos parecían incluso más cortos, que no nos alcanzaban las horas. Nos veíamos obligados a priorizar, a posponer constantemente pequeños o grandes sueños, porque nos faltaba el tiempo para llevarlos a cabo.

El trabajo nos absorbía y relegábamos a un segundo plano aspectos importantes de nuestra vida.

Dosificábamos nuestros momentos de bienestar, arañando cortos espacios de tiempo aquí y allá.

Habíamos construido una sociedad subyugada a la racionalidad. Vivíamos de apariencias, sometidos a la valoración y aprobación de los demás, de lo externo… habíamos entregado nuestro poder.

De alguna forma vivíamos en desequilibrio pues nos habíamos negado una parte de nuestro ser, esa esencia nuestra femenina, la que sabe conectar, cuidar, mimar… esa parte generosa, compasiva, agradecida… ésa que tiene la capacidad innata de ver y reconocer a las otras personas, la que nos permite vernos y reconocernos en los demás.

Hemos vivido años y años acorralando nuestras emociones, sin dejarles casi espacio para que se expresaran. Largo tiempo de predominio de la mente, de encarcelamiento del corazón.

Y justo aparece un virus que nos enferma, que enferma nuestro mundo (¿o ya estaba enfermo y lo está sanando?) y que muestra, a quien lo quiera ver, que es precisamente esa esencia negada la que lo curará.

Son días de echar mano de nuestra esencia femenina. De exponenciar todos y cada uno de los atributos que le son propios. Uno tras otro, indispensables en estos momentos.

Voy citando:

– La cooperación. Confinándonos en casa para impedir que el virus se propague.
– La gratitud. Con las personas que siguen al pie del cañón, cuidándonos o asegurando que lo indispensable permanece disponible.
– La generosidad. Para con nuestros mayores. Ahora nos toca a nosotros cuidarlos.
– La compasión. Arropando a tantas personas en su dolor y sufrimiento.
– La capacidad de llegar a consenso. Para que la vida en reclusión resulte una convivencia pacífica.
– La flexibilidad. Para encontrar nuevas vías y dar un nuevo sentido a nuestro trabajo, no replicando viejos patrones en nuevos formatos.
– La escucha. Para acompañar a las personas que caigan en el desánimo.
– La empatía. Con las personas que viven en soledad estos excepcionales días.
– …

Y seguiría con una larga lista si no fuera porque me aborda una vez más una afirmación que siempre he tenido muy presente: “Las cosas no son lo que aparentan ser”.

No tengo ni idea de que hay detrás de esta pandemia. No sé por qué surgió este virus ni tampoco si alguien lo creó ni con qué intención. Como muchos, he articulado mi propia opinión al respecto, recogiendo e integrando informaciones que son afines a mi forma de pensar. Pero ciertamente, no tengo ni idea.

Lo que sí sé es qué representa para mi este virus, qué siento y cómo me siento. Qué emociones hace emerger en mi. Me recluyo, me escucho y miro que hay más allá de mis pensamientos. Leo mis miedos y los dejo pasar, buenos compañeros de viaje en su justa medida.

Veo como este virus me habla a mi, en primera persona. Me confronta con una realidad que yo misma había creado (y co-creado en otro nivel) y me pregunta: ¿vas a seguir aferrándote a las mismas creencias? ¿qué vas a soltar? ¿entiendes cuál es el sentido de haberte despojado de aquello que creías real y permanente?

Sin desconectarme del intenso sufrimiento que me rodea, a ratos intuyo este momento como una oportunidad para desprenderme de viejos patrones, de abrazar nuevas posibilidades. Veo el virus reflejado en mis valores y como los fortalece. Lo percibo al acecho de mi propósito y éste, por suerte, no se deja atrapar sino que crece y se torna más real.

Enfermedad, muerte, soledad, destrucción y a la vez fortaleza, vida, solidaridad, creatividad.

Nada es casualidad y este virus tampoco. Lo vivimos socialmente pero tiene un marcado carácter individual. Yo enfermo, yo muero o sano. Yo me aterro o yo enfrento mis temores. Yo me deprimo o yo me supero a mi misma. Yo frivolizo o yo me responsabilizo… yo paso de puntillas, sin embarrarme en el lodo de las emociones más profundas, sin cuestionarme mi responsabilidad o yo acepto el reto y afloro mi mejor versión, la que transforma, la que me hace evolucionar.

Yo, decido.

Créditos imagen: Duong Nhan en Pexels

 

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