Me gustan las palabras, siempre me han gustado… Recuerdo que, de pequeña, las coleccionaba. Por las noches, al regresar del colegio, repasaba mentalmente las palabras nuevas que había aprendido. Pero pronto me di cuenta de que lo habitual era no haber descubierto ningún vocablo nuevo. Así que empecé a leer cada día unas pocas páginas del diccionario. Comencé por la “A” de “aarónico” pero ya no existe, la sacaron por desuso… luego venía “aba” una interjección que significa cuidado… pero pronto la borrarán… ¿quién la utiliza?

Sigo recordando y me viene a la memoria que me encantó conocer el significado de “manada” cuya definición era “conjunto de ciertos animales silvestres de una misma especie que andan, viven, cazan en grupo” y ponía como ejemplo “manada de lobos”. Me pareció una palabra majestuosa. Me transmitía sensaciones positivas. Para mí denotaba libertad, confianza, complicidad, simpleza… Pero, aunque siga existiendo en el diccionario, ya no la puedo usar, porque la hemos corrompido. Ahora “manada” se me antoja un término repulsivo, agresivo, malvado, abusador, violador…

Otra palabra en esencia maravillosa para mi era “felicidad”. La percibía inmensa, luminosa, cálida, arrulladora, inspiradora… pero me temo que este término también está siendo vilipendiado, manipulado. Últimamente la concibo cada vez más pequeña, más gris, más fría… más impuesta. Hemos cogido esta preciosa palabra y la hemos puesto en el centro de la esfera pública. Alrededor hemos creado una enorme industria que define, regula y suministra todo lo necesario para conquistarla.

Hemos establecido criterios y duras responsabilidades: ser feliz depende de cada cual y no serlo es la opción de cada individuo. La nueva conceptualización de “felicidad” tiene mucho de hedonista y demasiado de individualista. Se trata de alcanzar “mi felicidad” por tanto, ¿qué importa lo que le pase al vecino? La hemos encorsetado, etiquetado e impuesto. Si o sí hay que ser feliz o como mínimo aparentarlo. Y las redes sociales se han erigido como el vehículo ideal para llevar a cabo nuestro objetivo. Y ya puestos, nos instituimos como verdugos de aquellas personas que no consiguen atraer ni una pizca de felicidad a sus vidas: refugiados, sin techo, enfermos… fracasados… ¿será que se lo merecen?

Las palabras son importantes. Son las transmisoras de conocimientos, pensamientos, estados de ánimo.

Las palabras tienen vida. Son pura energía que reverbera cuando las emitimos.

Las palabras son poderosas. Transforman y crean realidades.

Quizás nos hemos quedado cortos de palabras. Igual necesitamos crear una palabra nueva, sin servidumbres. Una palabra que aúne presente y futuro. Una palabra cargada de energía transformadora. Una palabra que al pronunciarla nos emocione. Una palabra que al escucharla nos incite a la acción. Una palabra, una sola palabra que nos haga despertar.

Que 2020 sea el año donde nazca nuestra palabra.