Después de las fiestas navideñas siempre me queda un sabor agridulce tras tanto exceso de comer, beber y consumir…
Hará algo más de veinte años, estuve dando clases de financiación internacional en un par de universidades en Brasil. Recuerdo un fin de semana en que dos o tres profesores locales me propusieron visitar uno de los lugares más bellos (según ellos) del país. Por supuesto acepté. Salimos hacia el mediodía y anduvimos en coche cerca de tres horas por caminos de tierra durante quilómetros y quilómetros a través de un impresionante palmeral. Según me dijeron, uno de los más grandes del país…y por fin llegamos.
Soltar alasUna porción de tierra elevada a cuyos pies transcurría un caudaloso río y donde desembocaban dos de sus afluentes. Frondosidad y verdor impresionantes. Casas de adobe, sin electricidad. A la llegada, nos recibió el griterío alegre de un torrente de niños. No tardó en oscurecer…fuego a tierra y cenamos pâo y queijo… el cielo era de un color azul marino como aterciopelado, repleto de estrellas.
Nunca jamás había visto ni he vuelto a ver tanta belleza, ni en la tierra ni en el cielo. Pero lo que más me impresionó fue la expresión en el rostro de la gente. Difícil de describir aunque recuerdo la sensación que me transmitieron de profundo agradecimiento por todo lo que poseían (¡nada, a ojos occidentales!), la aceptación de su realidad y un entusiasmo desbordante. Correlacionado con el ámbito laboral y personal, me viene a la cabeza una reflexión sobre el agradecimiento o, dicho de otra forma, sobre la capacidad de fijar límites a nuestra ambición. Ambicionar es saludable hasta un cierto límite pues nos ayuda a seguir adelante, a superarnos a nosotros mismos. Pero traspasado ese límite, se vuelve algo enfermizo que nos esclaviza.
Dalai Lama dijo en cierta ocasión: “lo que más me sorprende del hombre occidental es que pierden la salud para ganar dinero, después pierden el dinero para recuperar la salud”. El dinero no es más que una forma de energía. Su función es el reconocimiento y su estado la fluidez. Como muchas otras formulaciones energéticas, si se acumula puede ser tremendamente perjudicial. Véase el agua. En su justa medida es pura bendición mientras que, en demasía, como en lluvias torrenciales o maremotos, puede ser tremendamente destructiva. En este mismo sentido, Raj Sisodia y John Mackey señalan en su libro Capitalismo Consciente lo siguiente, en torno a la obsesión por incrementar ingresos:

“Es una señal de madurez emocional y espiritual ser capaz de decir: ya he tenido bastante.
Después de cierto punto, no es sano querer más.
De hecho, es un tipo de enfermedad”.

Una profunda reflexión individual sobre nuestra ambición por atesorar, bien sea dinero o su formulación en bienes materiales.  
Te propongo algunas cuestiones que pueden ayudarte en tu reflexión:
¿Para qué necesito más de esto o de aquello? ¿Cómo sería transitar más “ligero de equipaje”? ¿Qué precio estoy pagando por mi afán de poseer? ¿Qué hay detrás de mi necesidad de tener? ¿Y de retener? ¿Por qué entrego mi poder a lo externo? Y la pregunta definitiva, ¿estoy dispuesto a renuncias?Y si te apetece, da un primer paso:
► Revisa tus armarios y date cuenta de todo lo superfluo. Hazlo como puro simbolismo de otras muchas facetas de tu vida. Regala todo aquello que ya no utilices. Pensar que hay otras personas que le podrán sacar partido ayuda en esta tarea. Deshacerse de lo antiguo deja espacio para lo nuevo.
► La próxima vez que vayas a comprar cualquier cosa, piensa detenidamente si, en efecto, lo necesitas, o más bien sirve para satisfacer una emoción. Analiza y trata la emoción antes de consumir.