En El principito, la obra maestra de Saint Exupèry, leemos: “(…) sólo con el corazón se puede ver bien; lo esencial es invisible para los ojos.”

¡Cuánta grandeza en esta sencilla frase!.

Y es que lo que vemos con nuestros ojos, en realidad, es una pequeña porción de lo que sea que conforme esa visión.
En una organización (o en un grupo de amigos, o en la relación que pueda darse en el seno de una familia), la forma habitual de “mirar” lo que está aconteciendo es siguiendo una pauta de este estilo:

  1. En primer lugar, observo cómo actúo yo como individuo en ese contexto.
  2.  Levanto la mirada y el análisis se centra en el ‘yo y tú’ o en el ‘yo y nosotros’.
  3. A continuación, si estamos en una empresa, la atención se trasladaría hacia el yo contextualizado dentro de un equipo (nosotros), interactuando en una organización.

A partir de ahí, intentamos comprender y sacar conclusiones para poder actuar si es preciso. Ésta es una buena mirada, pero poco profunda, a tenor de la complejidad de lo que nos circunda. Permíteme que ilustre a lo que me refiero con una metáfora.

Hace un par de años estuve en Islandia. Un hermoso país de contrastes. Árida y exuberante naturaleza conviven. A pesar de los numerosos volcanes repartidos por toda la geografía, se tiene la sensación de vivir una calma exquisita. Las entrañas de la tierra pueden estar hirviendo y explosionar en cualquier momento y no tener en absoluto consciencia de ello en la superficie.
La parte exterior de Islandia está interconectada con una realidad subterránea que, aunque no visible desde fuera, la condiciona: el hecho de que no veamos la cámara magmática no significa que no pueda haber una erupción volcánica.

Del mismo modo, observando de forma tradicional (si hacemos un paralelismo con la metáfora, diríamos ‘mirando el paisaje’) podemos ver un comportamiento poco comprensible en un equipo y determinar simplemente que no funciona.
Por ejemplo, una rotación demasiado elevada, un desánimo constante, conflictos injustificados, etc. Pero es posible que no estemos percibiendo dinámicas que puedan estar dándose en un nivel mucho más sutil (dijéramos, que ‘no hemos percibido la cámara magmática’) como, por ejemplo, lealtades inconscientes entre los miembros.
Una organización es un sistema que, a su vez, está compuesto por innumerables subsistemas interconectados entre sí (individuos, departamentos, clientes, proveedores, etc.). Lo que pase en cada uno de los subsistemas, por distantes que parezcan, tiene una determinada repercusión en otros subsistemas aunque, aparentemente, no tengan nada que ver.Guillermo Echegaray, en su libro Empresas con Alma, Empresas con Futuro dice:

“Percibir sistémicamente… significa aprender a mirar de otra manera, con otros ojos, la realidad que tenemos delante”.

De forma reveladora, subraya Echegaray, ‘cuando lo que está sucediendo en una empresa o en un departamento no es lógico, podemos anticipar que algún elemento no visible, de carácter sistémico, está jugando su papel’.
Siguiendo con nuestro ejemplo de un equipo donde continuamente se dan conflictos, quizás la raíz del problema pueda ser el despido injustificado de un antiguo miembro del departamento que, en su día, no fue aceptado por el resto de componentes. A pesar de que este acontecimiento haya tenido lugar tiempo atrás, puede seguir habiendo un resentimiento que podríamos tildar de inconsciente y que repercute en su forma de trabajar.
Percibir esta dinámica oculta nos da la clave para solventar definitivamente el problema.
Expandir la mirada y ver más allá de lo evidente, ver sin necesidad de utilizar los ojos, incorporar la visión sistémica, es dar un paso de gigante en la comprensión de las dinámicas organizacionales y avanzar hacia la excelencia en el liderazgo.
Este enfoque da solución a dificultades que desde la lógica más racional no alcanzamos a comprender.