Me parece sumamente interesante la visión de Byung-Chul Han, pensador coreano afincado en Berlín, sobre el concepto de esclavitud trasladado a nuestros días.

Dice el filósofo que antiguamente la esclavitud estaba relacionada con la explotación física y que era inducida por terceras personas alienas al individuo esclavizado. La liberalización pasaba por la insurrección, la confrontación entre sometido y tirano.

Según Han: “el esclavo de hoy es el que ha optado por el sometimiento.”

De alguna manera, hemos vinculado la realización personal a nuestro rendimiento profesional. Tenemos un alto grado de exigencia hacia nosotros mismos tanto si somos asalariados como si somos emprendedores. Nuestra aspiración de productividad individual es elevadísima de forma que, en muchas ocasiones, nos aboca al agotamiento. “Uno se explota a sí mismo, hasta el colapso” afirma Han.

balancearMuchas personas se sienten culpables cuando reducen su ritmo laboral a pesar de que éste pueda seguir siendo muy acusado. Hemos sido adiestrados para producir contemplando el sacrificio como algo loable. No en vano la tradición aboga por: “antes es la obligación que la devoción”. Pero esta conceptualización de las prioridades de nuestra existencia está siendo desbancada por una visión mucho más holística del individuo cuyo enfoque único es el acceso al camino de la felicidad.

Nuestra vida tiene muchas facetas siendo una de ellas la profesional. Equilibrarlas e integrarlas, que no compitan ni confronten nos proporciona bienestar. Consecuentemente, a mayor satisfacción individual mejor rendimiento profesional.

He aquí la importancia trascendental de realizar un trabajo que esté alineado con nuestros valores y en poner toda nuestra intención en dotarlo de sentido para nosotros y contribución para los demás.

A veces nos resulta algo confuso ordenar nuestras prioridades y concederles la dedicación congruente con el grado de importancia que tienen para nosotros. Te detallo un pequeño ejercicio por si te ayuda en esta labor:

Coge una hoja de papel y piensa en una semana estándar. Anota en grandes capítulos las actividades y tareas que realizas. Entre cinco y siete categorías estará bien. Una clasificación muy habitual consiste en: trabajo, amistades, familia, ocio y crecimiento personal. A continuación dale un peso a cada una. Por ejemplo, el 55% de mi tiempo lo dedico al trabajo, el 10% a la familia, etcétera.

En una hoja distinta lista las cosas que realmente son importantes para ti, las que realmente te gustaría hacer, las que te hacen sentir bien. Clasifícalas y otórgales un peso a cada una de ellas.

Compara las dos lista, ¿cuan de distantes están?. La tarea consiste en evolucionar la dedicación que expone nuestra primera lista hacia lo que hemos indicado en la segunda. ¡Tan sólo es cuestión de proponérselo!