La constitución de una empresa es la materialización del sueño de su creador o creadora. Suele ir de la mano de la aspiración de conseguir algo que tiene un trasfondo utópico. Así, por ejemplo, una conocida empresa de productos para el desayuno definió como su razón de ser “crear momentos memorables para la familia” y no tan solo suministrar alimentos para desayunar.

La energía creadora tiene una fuerza que todo lo puede dando forma a lo inmaterial.

Pero en muchas ocasiones, con el transcurrir del tiempo, pierde fuerza y diluye su sentido. En ese momento, la organización empieza a trasladar su foco de atención hacia la ambición de generar beneficios económicos únicamente, dejando de lado su propósito fundacional. Momento crítico pues la mayoría de las empresas suelen entrar en una cierta deriva comprometiendo su viabilidad.

Hace pocos días hablaba con un alto dirigente de una conocida empresa de nuestro país que fue creada hace más de veinte años. Me decía que recientemente había releído lo que en su día definieron como misión de la empresa y que se sentía desconcertado pues se daba cuenta de que estaban tremendamente desvinculados a lo que fue el propósito que dio origen a su compañía. Esta empresa ha perdido el enfoque a cliente y tienen dificultades para que los empleados se comprometan y den lo mejor de sí.

El diagnóstico es claro: no tienen más remedio que revisar sus valores y la misión que dio lugar a la empresa. Redefinirla si es preciso y volver a alinear toda la organización a un objetivo común que tiene que ir mucho más allá que la simple generación de ingresos. El trasfondo tiene que ser algo conectado con generar riqueza más allá de la económica que será su lógica consecuencia.