Nosotros y nosotras, como seres, estamos compuestos por un ser femenino y un ser masculino que nada tienen que ver con la identidad sexual o con ser hombre o mujer.

Me refiero al ser masculino como aquella parte de la persona capaz de tomar decisiones rápidamente, sin contemplaciones y sin temor. Es pura fuerza, valentía y decisión. Llevada al extremo, puede ser una energía descarnada en la que se expresa despiadadamente la intolerancia, la arrogancia o la agresividad.

La energía masculina es la representación del ser masculino. Se identifica con la mente racional y está regida por el hemisferio izquierdo del cerebro, que es el del análisis, la lógica y la precisión.

Por otro lado, el ser femenino es aquella vertiente de la persona que integra conceptos como la empatía, la capacidad de trabajar en equipo, la facilidad para la multitarea, la voluntad de inclusión o la predisposición a tolerar la diversidad, pero también aquella parte que es dubitativa, perfeccionista e insegura. El ser femenino tiene su correspondencia en la energía femenina. Está claramente vinculada con el hemisferio derecho del cerebro, donde residen atributos como la creatividad o la capacidad comunicativa.

Tanto la energía masculina como la femenina tienen a su vez dos manifestaciones: la de la luz y la de la penumbra, la que construye y la que destruye. La energía femenina de luz, la creativa y la integradora, es la que denomino “energía armónica”. Cuando fluye, tanto en un hombre como en una mujer, facilita la armonía en las relaciones y en los hechos.

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Cuando la energía femenina limita o imposibilita, nos mantiene presos en el mundo subterráneo del pensamiento, en el fango de las emociones, hablamos de la “energía amorfa”. Se trata de la penumbra de la energía femenina, la que no permite dar forma a nuestros pensamientos o deseos.

En la vertiente masculina, hablamos de “energía propiciadora” cuando su enfoque es evolutivo y posibilitar. Es una energía fuerte, capaz. Es determinante y activa. Es la energía masculina de luz.

Finalmente, cuando la energía masculina huye del respeto y la empatía, cuando se gesta en la penumbra, nos hallamos frente a la “energía devastadora”.

Nuestro mundo ha basculado radicalmente hacia la preponderancia de la energía masculina devastadora, denostando y despreciando las enormes cualidades de la energía femenina armónica.

Basta mirar a nuestro alrededor y ver qué tipo de sociedad hemos creado: competitiva, intolerante, individualista, sin respeto por las personas ni por el medioambiente, en la que se rinde culto a lo material y se desprecia lo espiritual. Hemos cogido los atributos oscuros de la energía masculina y los hemos encumbrado, aislándolos y despojándolos del equilibrio que les aportaría la energía femenina constructiva.

La conquista de la igualdad de género debe ir más allá de lo que concierne a la equiparación de derechos. Tradicionalmente venimos enfrentando cuestiones de género, pero la discusión no radica en algo tan físico sino más bien en alguna cosa mucho más intangible, como el tipo de energía que predomina en cada ser.

Ambas energías de luz son válidas y necesarias en la misma medida. Ninguna debe prevalecer por encima de la otra.

De esta forma, es preciso recuperar la esencia de lo femenino, volver a otorgar el puesto que le corresponde a los valores asociados a la feminidad. En mujeres y en hombres. Porque es la única vía de atajar la individualidad y la carrera estéril de la competitividad desmedida.